viernes, 27 de mayo de 2016

¿Quien puede conocer a Dios? (Reflexión en vídeo y audio)



Puedes oír esta matutina en audio aquí. 

¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Job 11:7.
No podemos descubrir a Dios mediante el escudriñamiento. Pero él se ha revelado en su Hijo, que es el resplandor de la gloria del Padre y la expresa imagen de su persona. Si deseamos un conocimiento de Dios, debemos ser como Cristo... El vivir una vida pura por fe en Cristo como el Salvador personal, llevará al creyente a un concepto más claro y elevado de Dios...
La vida eterna es la recompensa que será dada a todos los que obedecen los dos grandes principios de la ley de Dios: el amor a Dios y al hombre... La obediencia a estos mandamientos es la única evidencia en el hombre de que posee un conocimiento genuino y salvador de Dios. El amor a Dios se demuestra por el amor a aquellos por quienes murió Cristo.
Mientras estaba recubierto por la columna de nube, Cristo dio instrucciones acerca de este amor. Distinta y claramente presentó los principios del cielo como reglas que había de observar su pueblo escogido en su trato mutuo. Cristo vivió estos principios en su vida humana. Presentó en su enseñanza los motivos que debieran gobernar las vidas de sus seguidores...
Los que participan del amor de Dios, mediante la recepción de la verdad, darán evidencia de esto haciendo esfuerzos fervientes y abnegados para dar el mensaje del amor de Dios a otros. Así son colaboradores con Cristo. El amor a Dios y el amor mutuo los une con Cristo mediante eslabones áureos... Esta unión hace que fluyan al corazón continuamente ricos raudales del amor de Cristo, y luego fluyan nuevamente en amor hacia otros.
Las cualidades esenciales para conocer a Dios son las que señalan la plenitud del carácter de Cristo: su amor, su paciencia, su desinterés. Esos atributos se cultivan realizando actos bondadosos con un corazón bondadoso.—The Youth’s Instructor, 22 de marzo de 1900.
Por E. G. White "A fin de conocerle" pág. 6.


jueves, 26 de mayo de 2016

Donde Comienza La Sabiduria (video-Reflexión)



Puedes oír esta meditación en audio aquí. 

El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia. Proverbios 9:10.
Hay una amplia diferencia entre aquello a lo que puede llegar el hombre con las facultades que Dios le ha dado, y lo que realmente alcanza.—The Review and Herald, 25 de septiembre de 1883.
La Palabra de Dios presenta el medio más poderoso de educación, así como la fuente más valiosa de conocimiento dentro del alcance del hombre. El entendimiento se adapta a las dimensiones de los temas con los que debe tratar. Si se ocupa únicamente de asuntos triviales y comunes, si no se lo emplea para esfuerzos fervientes a fin de comprender las verdades grandes y eternas, se empequeñece y debilita. De aquí el valor de las Escrituras como un medio de cultura intelectual... Ellas dirigen nuestros pensamientos al infinito Autor de todas las cosas. Vemos revelado el carácter del Eterno y escuchamos su voz cuando tiene comunión con los patriarcas y profetas. Vemos explicados los misterios de su providencia, los grandes problemas que han demandado la atención de toda mente pensadora, pero que, sin la ayuda de la revelación, trata inútilmente de resolver el intelecto humano. Abren a nuestro entendimiento un sistema de teología sencillo y sin embargo sublime, que presenta verdades que un niño puede abarcar, pero que son tan amplias como para desconcertar las facultades de la mente más poderosa. Mientras más estrechamente se escudriña la Palabra de Dios y mejor se la entiende, más vívidamente comprenderá el estudiante que hay más allá infinita sabiduría, conocimiento y poder...
Si tan solo los jóvenes aprendieran del Maestro celestial, como lo hizo Daniel, sabrían que el temor del Señor es el principio de la sabiduría... Se elevarían a cualquier altura de adquisiciones intelectuales... Podrían alcanzar el más elevado y noble ejercicio de cada facultad.—Ibid.
Por E. G. White "A fin de conocerle" pág. 5.


miércoles, 25 de mayo de 2016

¡Abrid el depósito! (video-Reflexión)



A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo. Efesios 3:8.
En la Palabra de Dios hay ricas minas de verdad que si las exploráramos toda nuestra vida, encontraríamos que tan solo hemos comenzado a ver sus preciosos tesoros... Se necesitará de toda la eternidad para comprender las riquezas de la gloria de Dios y de Jesucristo...
Cristo ha dicho: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Juan 7:37. ¿Habéis extinguido ya la fuente? No, porque es inextinguible. Podéis beber tan pronto como sintáis necesidad, y beber de nuevo. La fuente siempre está llena. Y una vez que hayáis bebido de esa fuente, no procuraréis apagar vuestra sed en las cisternas rotas de este mundo... No, porque habéis bebido de la corriente que alegra la ciudad de Dios. Entonces vuestro gozo será pleno, pues Cristo será en vosotros la esperanza de gloria.—The Review and Herald, 15 de marzo de 1892.
Jehová Emanuel, “en el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento” y en el cual “habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente”, conocerle, poseerle, mientras el corazón se abre más y más para recibir sus atributos, saber lo que es su amor y su poder, poseer las riquezas inescrutables de Cristo, comprender mejor “cuál sea la anchura y la longura y la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda plenitud de Dios, esta es la herencia de los siervos del Señor, esta es la justicia que deben esperar de mí, dice el Señor”.—El Discurso Maestro de Jesucristo, 35. No hay necesidad de que pasemos hambre ni sed, al paso que el depósito del cielo está abierto para nosotros y la llave nos es entregada. ¿Cuál es la llave? La fe, que es el don de Dios. Abrid el depósito, tomad de sus ricos tesoros.—The Review and Herald, 15 de marzo de 1892.
Meditación tomada del libro de Elena G. White "A Fin de Conocerle" pág. 4.

martes, 24 de mayo de 2016

Guarda lo recibido (video-Reflexión)



Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.* Apocalipsis 3:3.
“Acuérdate pues de lo que has recibido y has oído, y guárdalo, y arrepiéntete”. Los que han nacido de nuevo recuerden con cuánta alegría y felicidad recibieron la luz del cielo, y cuán ansiosos estaban de compartir con otros su felicidad...
“Aférrate”. Esto no significa decir, “aférrate a tus pecados”; sino, aférrate del bienestar, de la fe, de la esperanza que Dios te ha dado por su Palabra. Nunca te desanimes. Un hombre desanimado no puede hacer nada. Satanás está tratanto de desanimarte, diciéndote que no vale la pena servir a Dios, y que da lo mismo disfrutar de los placeres y goces de este mundo. Pero, “¿de qué aprovecha al hombre, si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma?” Tú puedes gozar de los placeres mundanos a expensas del mundo futuro; pero, ¿estás dispuesto a pagar tal precio? Debemos “aferrarnos” y vivir a la altura de toda la luz que hemos recibido del cielo. ¿Por qué? Porque Dios desea que nos aferremos fuertemente de la verdad eterna, y actuemos como su mano ayudadora, para comunicar la luz a aquellos que no se han dado cuenta del amor que siente hacia ellos. Cuando os entregáis a Cristo, hacéis una promesa ante la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, las tres grandes Personalidades, dignatarios del cielo. “Aferraos” a esa promesa.—Manuscrito 92, 1901.*
Este texto viene del libro Hijos e Hijas de Dios, escrito por Elena G. de White. Para obtener más de sus libros, visiteEGWWritings.org.

lunes, 23 de mayo de 2016

Nada que temer (video-Reflexión)



Confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. Hech. 14: 22.
Dios quiere que confiemos en él y gocemos de su bondad. Cada día él despliega sus planes ante nosotros, y debemos tener los ojos y la percepción necesarios para captar éstas cosas. Por grande y gloriosa que sea la plena y perfecta victoria sobre el mal que hemos de experimentar en el cielo, no todo ha de quedar para el momento de la liberación final. Dios quiere que algo ocurra también en nuestra vida presente. Necesitamos cultivar diariamente la fe en un Salvador actual. Al confiar en un poder exterior y que está por encima de nosotros mismos, al ejercer fe en un apoyo y un poder invisibles, que aguarda las demandas del necesitado y dependiente, podemos confiar tanto en medio de las nubes como a plena luz del sol, mientras cantamos por la liberación y el gozo de su amor que podemos experimentar ahora mismo. La vida que ahora vivimos debe ser vivida por fe en el Hijo de Dios.
La vida del cristiano es una extraña mezcla de dolores y placeres, frustraciones y esperanzas, temores y confianza. Se siente sumamente insatisfecho consigo mismo, puesto que su propio corazón se agita tremendamente, impulsado por pasiones avasalladoras, que ceden ante el remordimiento, el pesar y el arrepentimiento, que a su vez dan lugar a un sentimiento de paz e íntimo regocijo, porque sabe, cuando su fe se aferra de las promesas reveladas en la Palabra de Dios, que cuenta con el amor perdonador y la paciencia infinita del Salvador, a quien trata de introducir en su vida y de incorporar a su carácter.
Son estas revelaciones, estos descubrimientos de la bondad de Dios, los que le dan humildad al alma y la inducen a clamar con gratitud: "Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" (Gál. 2:20). Tenemos razón para sentirnos reconfortados. Tremendas pruebas procedentes del exterior pueden asediar al alma donde mora Jesús. Volvamos a él para recibir el consuelo que él ha provisto para nosotros en su Palabra. Las fuentes terrenales de esperanza y consuelo nos podrán fallar, pero las fuentes superiores, alimentadas por el río de Dios, están llenas y nunca se agotan. Dios quiere que usted aparte sus ojos de la causa de su aflicción, y que los fije en el dueño de su alma, de su cuerpo y de su espíritu. El es el amante del alma. Sabe cuánto vale. Es la vida verdadera y nosotros somos los pámpanos. . .
(Carta 10, del 23 de febrero de 1887, al Dr. J. H. Kellogg).
(Cada día con Dios. Entrada del 23 de Febrero de 1999).

domingo, 22 de mayo de 2016

Viene con el galardón (video-Reflexión)



He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Apocalipsis 22:12.
Nuestra obra aquí está próxima a concluir, y cada hombre recibirá su galardón de acuerdo con su propia labor. Me fue mostrada la recompensa de los santos, la herencia inmortal, y vi que aquellos que habían soportado más por la causa de la verdad no iban a pensar que habían pasado por momentos difíciles, por el contrario, llegarían a la conclusión de haber obtenido el cielo por un precio muy bajo.—Testimonies for the Church 1:381.
El escudriñador de los corazones, para quien todo secreto es revelado, señala cada acto bueno y cada acto malo, y sus influencias sobre los demás. Y el galardón será acorde con los motivos que impulsaron la acción.—Testimonies for the Church 2:520.
La venida de Cristo se acerca rápidamente. El tiempo que nos queda para trabajar es corto, y hay hombres y mujeres que perecen... Es necesario que la potencia convertidora de Dios tome posesión de nosotros, para que podamos comprender las necesidades de un mundo que perece. El mensaje que estoy encargada de anunciaros es éste: Preparaos, preparaos para el encuentro con el Señor. Aderezad vuestras lámparas y que la luz de la verdad brille en las encrucijadas y los vallados. Hay un mundo entero que espera que le sea anunciada la proximidad del fin de todas las cosas... Necesitamos la presencia del Santo Espíritu de Dios para enternecer nuestro corazón, y para que no le imprimamos aspereza a nuestra obra. Ruego a Dios que su Santo Espíritu tome plena posesión de nuestros corazones. Procedamos como hijos de Dios, que buscan su consejo y están listos para seguir sus planes dondequiera que les sean presentados. Dios será glorificado por un pueblo tal y los testigos de nuestro celo dirán: Amén, Amén.—Joyas de los Testimonios 3:339-342.
Este texto viene del libro Hijos e Hijas de Dios, escrito por Elena G. de White. Para obtener más de sus libros, visite EGWWritings.org.

sábado, 21 de mayo de 2016

Venced al mundo por la fe (video-Reflexión)



Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. 1 Juan 5:4.
Satanás presenta hoy las mismas tentaciones que presentó a Cristo, nos ofrece los reinos de este mundo a cambio de nuestro homenaje. Pero las tentaciones de Satanás no tienen poder sobre aquellos que consideran a Jesús el Autor y Consumador de su fe. No puede hacer pecar a quien acepta por fe las virtudes de Aquel que fue tentado en todo como nosotros, pero que fue sin pecado.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. El que se arrepiente de su pecado y acepta el don de la vida del Hijo de Dios, no puede ser vencido. Aferrándose por fe de la naturaleza divina llega a ser un hijo de Dios. Ora, cree. Cuando es tentado y probado, reclama el poder que da Cristo en virtud de su muerte, y vence por medio de su gracia. Cada pecador necesita comprender esto. Debe arrepentirse de su pecado, debe creer en el poder de Cristo, y aceptar ese poder, que salva y guarda de pecado.—The Review and Herald, 28 de enero de 1955.
El cristiano no puede conservar sus hábitos pecaminosos y acariciar sus defectos de carácter, sino que debe reformarse por la renovación de su entendimiento, hasta lograr la similitud divina. Cualquiera sea la naturaleza de vuestros defectos, el Espíritu del Señor os capacitará para percibirlos, y se os dará gracia para que puedan ser vencidos. Por medio de los méritos de la sangre de Cristo vosotros podéis ser vencedores, sí, más que vencedores...
El cielo es de mayor valor para nosotros que cualquier otra cosa, y si perdemos el cielo, hemos perdido todo.—Manuscrito 51.
Este texto viene del libro Hijos e Hijas de Dios, escrito por Elena G. de White. Para obtener más de sus libros, visite EGWWritings.org.