viernes, 29 de julio de 2016

El secreto de la prosperidad


Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi Casa. Probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, a ver si no os abro las ventanas de los cielos y derramo sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Malaquías 3:10.

¿Es el diezmo una parte de nuestros bienes que devolvemos a Dios? Si pensamos de esa manera, Dios no pasa de ser un cobrador de impuestos o un recaudador celestial. Para quienes aman a Jesús, el diezmo es un pacto entre Dios y el hombre, una alianza de amor y fidelidad.

Cuando Dios creó al ser humano, lo colocó en el jardín del Edén y le dijo: "De todo árbol de huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás" (Génesis 2:16, 17).

En otras palabras: "Yo soy el dueño de todo, pero como sé que necesitas de estas cosas para poder vivir, te las presto. Y como también sé que a medida que el tiempo pase correrás el riesgo de olvidarte de que yo soy el dueño de todo, por eso, para que te acuerdes siempre, vamos a establecer una alianza. Tú puedes usar todo, menos este árbol, porque el día en que toques en él, yo sabré que te estás adueñando de lo que es mío".

Más tarde, cuando, por causa del pecado, Adán y Eva tuvieron que dejar el jardín, Dios sustituyó el árbol por el sagrado diezmo, y hoy dice al ser humano:

"Todo lo que existe es mío. 'Mía es la plata y mío es el oro' (Hageo 2:8).

Pero sé que en este mundo necesitas bienes materiales para poder vivir. Necesitas una casa, ropa, comida, dinero; por tanto, te doy fuerzas para conseguir todo eso. Pero también sé que cuando tengas todo, correrás el riesgo de olvidarte de que yo te presté todo. Entonces, para que nunca olvides que todo es mío, vas a devolverme el sagrado diezmo y vas a probarme en esto. Mientras me devuelvas el diezmo sabré que reconoces que yo soy el dueño, y si llegas a tener dificultades financieras o alguna cosa anda mal, todo lo que tienes que hacer es clamar a mí, porque yo soy el dueño, y como dueño tengo la obligación de resolver tu problema .'Derramaré bendiciones hasta que sobreabunden', 'reprenderé al devorador', 'serás tierra deseable' (ver Malaquías 3:10-12).

"Pero si no me devuelves el diezmo, estarás rechazando el pacto de fidelidad que hicimos. Estarás haciéndote dueño de lo que es mío, y si llegan dificultades tendrás que resolverlas solo, porque te apoderaste de lo mío, sacándome de tu vida voluntariamente".

Por eso, el diezmo es mucho más que la décima parte de los bienes que devolvemos a Dios: es un pacto de fidelidad, una alianza que nos recuerda quién es el dueño. Y si aceptamos que Dios es el dueño de todo lo que tenemos, es también dueño de las dificultades financieras que puedan aparecer, y dueño de la falta de recursos para el sustento; en fin, es dueño de todo, y como tal es el responsable de hacer desaparecer los problemas o damos fuerza e inteligencia para pasar por ellos sin lastimarnos.

Pr. Alejandro Bullón

jueves, 28 de julio de 2016

Lejos de Jesús no hay vida


Y siempre, de día y de noche, andaba gritando en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. S. Marcos 5:5.

(Foto: Javier Vallas)

El endemoniado gadareno es un símbolo del hombre que vive lejos de Jesús. Lejos de Jesús sólo puede existir la esclavitud, y el endemoniado era un pobre esclavo atado a cadenas y grillos. Lejos de Jesús no existe vida, y el endemoniado habitaba en los sepulcros, que son la morada de los cadáveres. Una persona que no vive una vida de comunión con Jesús, no vive. Su existencia es una caricatura de vida, es un túnel sin salida, un pozo sin fondo; es el caos, la confusión y el infierno.

Sólo Cristo es capaz de dar sentido a la vida, y el hombre que vive lejos de él anda por "los montes y en los sepulcros". Las montañas son el símbolo de la soledad. El pobre hombre sin Jesús es un hombre solitario. Vive en medio de las multitudes, rodeado de mucha gente, pero se siente solitario; no es capaz de relacionarse, está siempre hiriendo y sintiéndose herido por los que viven con él. El grito de la montaña es el grito de la desesperación que se pierde en el vacío. El evangelio presenta al hombre sin Cristo como gritando en la montaña en busca de socorro, un socorro que parece no surgir por ningún lado. Entonces, en su confusión, comienza a herirse con piedras. Le duele, sangra, pero continúa hiriéndose.

¿Viste alguna vez a alguien andando por caminos errados que conducen a la muerte? ¡Se lastima, siente dolor, sangra, pero continúa andando por los mismos caminos! ¿Qué pensar del hombre que usa drogas, que sabe que su fin será triste, pero continúa en esa vida? ¿Qué decir del padre que anda por caminos peligrosos ? Sabe que traerá dolor a su familia, vergüenza a su iglesia, sufrimiento a sí mismo, pero parece anestesiado y continúa en la senda del pecado.

Un día el pobre gadareno encontró a Jesús en su camino, cayó de rodillas delante del Señor y, cuando estaba por clamar por ayuda, de sus labios salieron improperios e insultos: "¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! Vete" (ver S. Marcos 5:7). Pero Jesús supo entender que detrás de esas expresiones duras estaba el clamor de un corazón desesperado. Gracias a Dios que él siempre entiende lo que no sabemos expresar, gracias a Dios que él sabe interpretar nuestras lágrimas.

Jesús extendió la mano y liberó al endemoniado. Hizo de él un hombre nuevo; le devolvió la dignidad y el respeto propio. Y ese Jesús es el que está hoy cerca de ti con la mano extendida, pronto para socorrerte. ¿Por qué no salir esta mañana hacia las tareas diarias con la seguridad de que la poderosa mano de Jesús sostiene la nuestra tan frágil?

Pr. Alejandro Bullón.

miércoles, 27 de julio de 2016

Las ciudades de refugio


Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. Hebreos 6:18.

"¿Cómo sabré que Dios realmente me perdonó?", era la pregunta angustiada de esa señora. Cargaba sobre sí el peso de la culpa de algo tenebroso que no la dejaba ser feliz.

"Señora", le dije, "Dios afirma en su Palabra que si usted se aferra de esta promesa con fe, y cree que Jesús murió por sus pecados, su pasado quedará totalmente borrado y renacerá a una nueva vida".

El versículo de hoy habla de dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta. ¿Cuáles son esas cosas inmutables? El texto se refiere a su Palabra y al juramento que hizo de que la cumplirá. Por supuesto, Dios no necesita hacer un juramento a nadie. Dios es Dios y su Palabra es confiable, pero camina la segunda milla y se anticipa a los temores humanos, sabe que la conciencia humana es un juez implacable y un verdugo despiadado. Por eso Dios habla y jura que cumplirá su Palabra.

La promesa sobre la cual hace el juramento se refiere a las ciudades de refugio, donde los pecadores encuentran liberación de su culpa; una figura tomada del Antiguo Testamento.

En los tiempos de Israel existían seis ciudades de refugio, y estaban localizadas en lo alto de las colinas para que los fugitivos no tuvieran dificultad en encontrarlas. Los caminos que conducían a esas ciudades eran espaciosos y constantemente cuidados. Y a lo largo del trayecto había carteles que indicaban el sentido correcto con una palabra en hebreo: "Miqlat", que quería decir "Refugio". Las letras debían ser grandes y claras, para que el fugitivo pudiera leerlas al mismo tiempo que corría.

Las personas corrían hacia esas ciudades cuando eran culpadas de algún delito. Era en ellas donde se escondían, pero la seguridad de esos hombres estaba garantizada únicamente mientras permanecieran en la ciudad.

Cristo es la ciudad de refugio de los cristianos. En el Calvario se colocó una frase bien clara en hebreo, griego y latín, para que los culpables de todos los tiempos pudieran leerla, incluso mientras corrían: "Jesús Nazareno, Rey de los judíos" (S. Juan 19:19). Allí en la cruz murió con los brazos abiertos, llamando a los hombres: "Venid a mí todos los que estáis cansados y afligidos. En mí hallaréis perdón".

Cristo no solamente habló. Juró sobre su palabra que perdonaría, y es por eso que nadie necesita vivir atormentado por la culpa.

Pr. Alejandro Bullón

martes, 26 de julio de 2016

El pecado imperdonable


Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. S. Mateo 12:31.

El texto de esta mañana tiene dos partes: la primera es una promesa maravillosa de Jesús: "Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres". La Biblia dice: "El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia" (Proverbios 28:13).

Dentro de tales pautas bíblicas, ¿qué pecados perdona Dios? ¿El adulterio? Sí. ¿El homosexualismo? Sí. ¿El asesinato ? Sí. ¿Las drogas? Sí, todo. No hay palabra que abarque más que la palabra todo. Dios dice que no hay nada que él no pueda perdonar. No importa cuán bajo hayas caído, no importa cuán lejos hayas ido, todo te será perdonado. Menos el pecado contra el Espíritu Santo. ¿Por qué Dios no perdona este pecado? ¿Será que Dios se cansa de perdonar? ¿Será porque el hombre hizo demasiado mal que Dios dice: "Se acabó la oportunidad para este hombre"?

El pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable no porque Dios no quiera perdonar, sino porque el hombre que lo comete no quiere ser perdonado y Dios no puede perdonar a nadie por la fuerza. El ser humano tiene que querer ser perdonado, tiene que caer arrepentido a los pies de la cruz. Entonces, Dios envía inmediatamente a millares de ángeles en su auxilio.

Dios le habla todo el día al ser humano a través de la voz de su conciencia, de la Palabra escrita y de la naturaleza. Una conciencia santificada por la presencia de Jesús en la vida es, sin duda, la voz del Espíritu Santo. Quien preste oídos a esa voz tiene la garantía de que continuará oyéndola y permanecerá sensible a ella. Quien cierre los oídos a la voz de Dios, a pesar de oírla, corre el riesgo de endurecer lentamente el corazón y llegar al punto en el cual no sienta más la voz de Dios. No significa que Dios no le hable más, no. El Espíritu de Dios nunca se cansa; siempre continuará hablando, siempre suplicando, siempre esperando. El problema no está en Dios, está en nosotros. Somos nosotros quienes corremos el peligro de llegar al punto en el cual no logramos oír más su voz.

Que esta mañana nuestra oración sea: "Señor, ayúdame a prestar oídos a tu voz. Cuando sienta que otras voces me llaman a caminar por caminos peligrosos, dame fuerza y la sensibilidad necesarias para oír tu voz. Guía mis pasos a este día. Camina a mi lado; dame tu brazo poderoso para sustentar mis pasos. ¡Amén!"

Pr. Alejandro Bullón

lunes, 25 de julio de 2016

"El matrimonio" (Serie 100 años sin ti) 5/5

Serie de vídeos "100 años sin ti", creada por HopeMedia.es

domingo, 24 de julio de 2016

"La mejor decisión" (Serie 100 años sin ti) 4/5

Serie de vídeos "100 años sin ti", creada por HopeMedia.es

sábado, 23 de julio de 2016

"Todo bajo control" (Serie 100 años sin ti) 3/5

Serie de vídeos "100 años sin ti", creada por HopeMedia.es