viernes, 28 de marzo de 2008

Yo mulliré tu lecho en la enfermedad


Jehová lo sostendrá en el lecho del dolor; ablandara su cama en la enfermedad. Salmos 41:3.

El salmista escribió el Salmo 41 en un momento en que padecía una enfermedad grave. Mientras estemos en este mundo, muchas veces la enfermedad tocará nuestro cuerpo. Job, un ser íntegro como ningún otro, quedó postrado en el lecho de dolor, y ahora David, viviendo una vida de entera dependencia divina, sufría también las inclemencias de la enfermedad.

Muchas veces Dios permite que la enfermedad toque a la puerta de nuestra vida para que "las obras de Dios se manifiesten" en nosotros. Alabemos su nombre si, en medio de nuestras lágrimas, él es glorificado. Otras veces Dios permite que la enfermedad llegue por algún motivo, redentor o educativo, que "al presente no es motivo de gozo sino de tristeza", pero que el tiempo se encargará de mostrarnos que Dios tenía razón. ¿No será que a través de la enfermedad el Señor quiere despertarnos del letargo espiritual, o que el dolor que sufrimos en el presente está siendo un testimonio de la misericordia divina y de la maldad del diablo ante las criaturas del universo? (Ver S. Juan 9:3; Hebreos 12:11.)

En fin, lo que realmente importa no es conocer las causas, sino saber que en la hora de la enfermedad podemos contar con el consuelo divino. "Jehová te sostendrá en el lecho de dolor", es la promesa del versículo de hoy, pero el salmista continúa: "Ablandará tu cama en la enfermedad".

La palabra hebrea bafak, usada en la traducción como "mullirás", quiere decir literalmente "dar vuelta", "cambiar". La idea sugerida aquí por el original es el consuelo que el doliente experimenta cuando le cambian la cama.

Dicen que una de las cosas que mejor revela la capacidad de una enfermera es su perfecta idoneidad para cambiar la ropa de cama con el enfermo acostado sin que éste se sienta incómodo. ¿Te das cuenta de lo que Dios está tratando de decir?: que él transformará el lecho del sufrimiento. No promete que siempre va a curar, pero promete proporcionar alivio y consuelo.

"No os ha sobrevenido ninguna prueba que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportarla" (1 Corintios 10:13).

A veces, cuando visito a alguien que está pasando por el valle del sufrimiento, me gustaría leerle solamente las promesas de sanidad y restauración, pero la realidad es que Dios no siempre promete curar. A veces, dice: "Bástate mi gracia" (2 Corintios 12:9). Y, como Pablo, tenemos que cargar con el aguijón en la carne hasta el fin de nuestros días.

Y es en esos momentos cuando brilla la promesa del versículo de hoy. Las manos divinas que abrieron los ojos del ciego, también pueden venir para mullir el lecho y confortar el corazón afligido del enfermo y de los familiares.

Pr. Alejandro Bullón

miércoles, 19 de marzo de 2008

Los huesos secos que recobraron la vida


Me dijo entonces: "Profetiza sobre estos huesos, y diles: '¡Huesos secos, oíd palabra de Jehová! Así ha dicho Jehová, el Señor, a estos huesos: Yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis" Ezequiel 37:4, 5.

En la actualidad se usan tornillos de titanio para hacer implantes dentarios. El titanio es tan especial que el hueso entra en las ranuras del tornillo y se pega completamente, después de algún tiempo es imposible separar el uno del otro. El hueso, que normalmente es susceptible de quebrarse, queda unido al titanio de manera prácticamente inquebrantable. ¿Cómo sería si el cristiano se uniera a Cristo de tal manera que nada fuese capaz de separarlo de la fuente de poder?

En el versículo de hoy el profeta Ezequiel es llevado en visión a un valle de huesos secos y es testigo de algo espectacular. Para sorpresa suya, los huesos se juntan uno al otro y he aquí "tendones sobre ellos, y subió la carne y quedaron cubiertos por la piel... y entró espíritu en ellos, y vivieron y se pusieron en pie. ¡Era un ejército grande en extremo!" (vers. 8, 10).

Después el profeta oyó la voz de Dios que decía: "Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. Ellos dicen: 'Nuestros huesos se secaron y pereció nuestra esperanza. ¡Estamos totalmente destruidos!' "(vers. 11).

¿Cuál es la solución de Dios para los huesos secos, frágiles y acabados por el tiempo y la monotonía de la vida? El Espíritu Santo. Cuando él entra en los huesos, éstos recobran la vida. ¿Qué hacer si una vida fracasa y no logra que las promesas de victoria se tornen una realidad en su experiencia? Es necesario ir cada día, cada minuto a Jesús y decirle: "Señor, soy débil, soy como un hueso seco, no hay esperanza para mí lejos de ti. Necesito tu ayuda. Tómame hoy en tus manos, toma mis huesos secos y vivifícalos con la presencia de tu Santo Espíritu".

Cuando un ser humano se mantiene unido cada minuto a Jesús, con seguridad Cristo habita en él por la presencia de su Espíritu Santo, santifica la voluntad humana y reproduce en la criatura el carácter del Creador.

A lo largo de la historia, miles y miles de seres humanos débiles y sin vida corrieron desvalidos a los brazos de Jesús, y él hizo el milagro. Yo y tú podemos correr hoy hacia él y disfrutar las bellezas de la victoria prometidas por el Señor Jesús.

Pr. Alejandro Bullón