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viernes, 13 de marzo de 2009

LO QUE OJO NO VIO, NI OÍDO OYÓ

Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. (1 Cor. 2: 9).

Los que verdaderamente aman a Dios, desearán mejorar los talentos recibidos a fin de que puedan ser una bendición para otros. Y pronto las puertas del cielo se abrirán para admitirlos, y los labios del Rey de gloria pronunciarán la bendición que será para sus oídos como la más hermosa música: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo" (Mat. 25: 34). Así se les dará la bienvenida a los redimidos a las mansiones que Jesús les está preparando. Allí sus compañeros no serán los viles de la tierra, sino los que por la ayuda divina han formado caracteres perfectos. Toda tendencia pecaminosa, toda imperfección ha sido eliminada por la sangre de Cristo; y se les imparte la excelencia y brillantez de su gloria, que excede por lejos al fulgor del sol en su esplendor meridiano. Y la belleza moral, la perfección de su carácter [de Cristo], resplandece a través de ellos, con una excelencia que sobrepasa ese esplendor exterior. Están sin culpa ante el gran trono blanco, compartiendo la dignidad y los privilegios de los ángeles. *

"Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman". Teniendo en vista esta gloriosa herencia, "¿qué recompensa dará el hombre por su alma?" (Mat. 16: 26). Quizás sea pobre; pero posee una riqueza y dignidad que el mundo jamás podrá otorgar. *

Morar para siempre en este hogar de los bienaventurados; llevar en el alma, el cuerpo y el espíritu, no los obscuros estigmas del pecado y la maldición, sino la perfecta semejanza de nuestro Creador, y a través de los siglos sin fin progresar en sabiduría, conocimiento y santidad, explorando siempre nuevos campos del pensamiento, hallando siempre nuevos prodigios y nuevas glorias creciendo siempre en capacidad de conocer, disfrutar y amar, sabiendo que quedan todavía delante de nosotros gozo, amor y infinitos, tal es el fin hacia el cual dirige la esperanza el cristiano, el fin para el cual nos prepara la educación cristiana. *

E. G. White