miércoles, 23 de septiembre de 2009

PERTENECEMOS A LA FAMILIA REAL

Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. (1 Juan 3: 2).

¿Puede alguna institución terrenal conferir un honor igual al de ser hijos de Dios, vástagos del Rey celestial, miembros de la familia real?. . . Los nobles de la tierra son sólo hombres; mueren y vuelven al polvo y no hay satisfacción perdurable en su alabanza y honor. Pero el honor que proviene de Dios es duradero. Ser herederos de Dios y coherederos con Cristo significa tener derecho a incalculables riquezas, a tesoros de tal valor que el compararlos con el oro, la plata, las gemas y las piedras preciosas de la tierra, éstas se hunden en su insignificancia.

Tener comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo significa ser ennoblecidos, elevados y participar de goces indescriptibles y llenos de gloria. El alimento, la ropa, la posición social y la riqueza pueden tener su importancia; pero estar relacionado con Dios y participar de su naturaleza divina es de inestimable valor. Nuestras vidas deben estar escondidas con Cristo en Dios; y aun cuando "aún no se ha manifestado lo que hemos de ser", "cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es". La regia dignidad del carácter cristiano brillará como el sol, y los destellos de luz que provienen del rostro de Cristo se reflejarán sobre los que se hayan purificado así como él es puro. El privilegio de ser hijos de Dios se obtiene a bajo precio, aun cuando implique el sacrificio de todo lo que poseemos, incluso la vida misma.

Cuando, en su estado mortal, Juan contempló la gloria de Dios, cayó como muerto; no pudo soportar la visión. Pero cuando los hijos de Dios hayan recibido la inmortalidad, lo verán "como él es". Estarán delante del trono, aceptos en el Amado. Todos sus pecados habrán sido borrados, todas sus transgresiones expiadas. Entonces podrán mirar sin velo la gloria del trono de Dios. Habrán participado con Cristo en sus sufrimientos, habrán trabajado con él en el plan de la salvación, y participarán con él del gozo de ver las almas salvadas en el reino de Dios, para alabar allí a Dios durante toda la eternidad.

E. G. White

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