domingo, 6 de junio de 2010

EL PODER SALVADOR DE JESÚS

Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. (2 Cor. 12: 9.)

Nuestro precioso Salvador nos ha invitado a unimos a él, y unir nuestra debilidad con su fortaleza, nuestra ignorancia con su sabiduría, nuestra indignidad con su virtud.

La precisión rígida en la obediencia a la ley no dará el derecho a ningún hombre a entrar en el reino de los cielos.

Es necesario un nuevo nacimiento, una mente nueva por la operación del Espíritu de Dios que purifique la vida y ennoblezca el carácter. Esta relación con Dios prepara al hombre para el glorioso reino de los cielos.

Debe haber un poder que obre en el interior, una vida nueva de lo alto, antes de que el hombre pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo. Solamente su gracia puede vivificar las facultades muertas del alma, y atraerlas a Dios, a la santidad... La idea de que solamente es necesario desarrollar lo bueno que existe en el hombre por naturaleza, es un engaño fatal. "El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente" (1 Cor. 2: 14). De Cristo está escrito: "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres", el único "nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Juan 1: 4; Hech. 4: 12).

El apóstol Pablo... ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí mismo, y dijo: "¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rom. 7: 24). La misma exclamación ha subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones sobrecargados. No hay más que una contestación para todos: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1: 29).

E. G. W.

sábado, 5 de junio de 2010

¿LA FE ANULA LA OBEDIENCIA?

¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley. (Rom. 3: 31.)

La fe no es un narcótico, sino un estimulante. El mirar al Calvario no adormecerá al alma en el cumplimiento de su deber, sino que despertará una fe que obra purificando el alma de todo egoísmo.

La fe en Cristo que redime el alma no es lo que muchos representan que es. "Creed, creed", es su clamor; "sólo creed en Cristo y seréis salvos. Eso es todo lo que tenéis que hacer". Mientras que la verdadera fe confía totalmente en Cristo para la salvación, conducirá a una perfecta conformidad con la ley de Dios.

Hay dos errores contra los cuales los hijos de Dios, particularmente los que apenas han comenzado a confiar en su gracia, deben especialmente guardarse. El primero... es el de fijarse en sus propias obras, confiando en alguna cosa que puedan hacer, para ponerse en armonía con Dios. El que está procurando llegar a ser santo mediante sus propios esfuerzos por guardar la ley, está procurando una imposibilidad...

El error opuesto y no menos peligroso es que la fe en Cristo exime a los hombres de guardar la ley de Dios; que puesto que solamente por la fe somos hechos participantes de la gracia de Cristo, nuestras obras no tienen nada que ver con nuestra redención.

Pero nótese aquí que la obediencia no es un mero cumplimiento externo, sino un servicio de amor. La ley de Dios es una expresión de su misma naturaleza; es la personificación del gran principio del amor, y, en consecuencia, el fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra... En vez de la fe eximir al hombre de la obediencia, es la fe y sólo la fe, la que lo hace participante de la gracia de Cristo, y lo capacita para obedecerle.

Lo que Cristo fue en la naturaleza humana, Dios espera que sean sus discípulos. Con su fuerza hemos de vivir la vida de nobleza y pureza que el Salvador vivió.

E. G. W.

viernes, 4 de junio de 2010

UN SALVADOR DESDE LA ETERNIDAD

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él. (Efe. 1: 3-4.)

Desde la caída del hombre, el Señor ha estado llevando a cabo sus designios en el plan de la redención, un plan por el cual procura restaurar en el hombre su perfección original. Gracias a la muerte de Cristo en la cruz, Dios recibe y perdona a cada alma arrepentida.

Mientras el divino Doliente pendía de la cruz, los ángeles lo rodeaban, y mientras lo contemplaban y oían su clamor se preguntaban con intensa emoción: "¿No lo salvará el Señor Jehová... ?" Entonces se pronunciaron las palabras: "El Señor ha jurado y no se arrepentirá". El Padre y el Hijo han jurado cumplir los términos del pacto eterno. "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna".

Cristo no estaba solo al consumar el gran sacrificio. Este era el cumplimiento del pacto convenido entre él y su Padre desde antes de la fundación del mundo. Se habían estrechado la mano al pronunciar la solemne promesa de que Cristo llegaría a ser el fiador de la raza humana si ésta era vencida por las sofisterías de Satanás.

La salvación de la raza humana siempre ha sido el objeto de los concilios celestiales. El pacto de misericordia fue hecho antes de la fundación del mundo. Ha existido desde toda la eternidad y se lo llama el pacto eterno. Tan cierto como que nunca hubo un momento en que Dios no existiese, así de seguro nunca hubo un momento en que manifestar su gracia, a la humanidad no fuese la delicia de la mente eterna.

Cuanto más consideramos este tema, más profundo lo hallamos, y aún hay profundidades que no podemos alcanzar al estudiar la gloria del Redentor... Los ángeles mismos desean mirar dentro de este tema misterioso y maravilloso, la redención de la raza humana.

E. G. W.

jueves, 3 de junio de 2010

LAS SALVADORAS PROVIDENCIAS DE DIOS

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. (Rom. 8: 28)

El hecho de que somos llamados a sufrir pruebas muestra que Señor Jesús ve en nosotros algo precioso, que él quiere desarrollar. Si no viera en nosotros nada con que glorificar su nombre, no perdería tiempo en purificamos. Él no echa piedras inútiles en su hornillo. Lo que él purifica es metal precioso,

Dios no guía jamás a sus hijos de otro modo que el que ellos mismos escogerían, sí desde un principio pudieran ver el desenlace, y discernir la gloria del designio que están cumpliendo como colaboradores de Dios.

Todo lo que nos ha dejado perplejos de las providencias de Dios nos será aclarado en el mundo futuro. Las cosas difíciles de entender entonces encontrarán explicación. Los misterios de la gracia se revelarán ante nosotros. Donde nuestras mentes finitas descubrieron sólo confusión y promesas quebrantadas, veremos la armonía más bella y perfecta. Conoceremos que el amor infinito prescribió las experiencias que parecieron más angustiosas.

El que está lleno del Espíritu de Cristo mora en Cristo. El golpe que se le dirige a él, cae sobre el Salvador, que lo rodea con su presencia. Todo cuanto le venga, viene de Cristo. No tiene que resistir el mal, porque Cristo es su defensor. Nada puede tocarle sino con el permiso de nuestro Señor; y "todas las cosas" que son permitidas "a los que aman a Dios,... les ayudan a bien".

Nuestro Padre celestial tiene mil maneras de proveer a nuestras necesidades, las cuales ignoramos completamente. Los que aceptan el único principio de hacer del servicio de Dios el asunto supremo, verán desvanecerse sus apuros y extenderse delante de sus pies un camino despejado.

Como niños, confiad en la dirección de Aquel que guarda los pies de sus santos.

Si le encomendamos nuestros en nuestros caminos, él dirigirá nuestros pasos.

E. G. W.

miércoles, 2 de junio de 2010

EL CREADOR ENCARNADO

E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mando, recibido arriba en gloria. (1 Tim. 3: 16.)

La encarnación de Cristo es el misterio de todos los misterios.

Cristo era uno con el Padre, y sin embargo estuvo dispuesto a descender de la exaltada posición de quien era igual a Dios.

Para poder cumplir su plan de amor para la raza caída, él se convirtió en hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne.

Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado.

Qué tremendo contraste entre la divinidad de Cristo y el impotente niñito nacido en el pesebre de Belén... Y sin embargo, el Creador de los mundos, Aquel en quien habitaba la plenitud de la divinidad corporalmente, se manifestó en el desvalido bebé del pesebre... La divinidad y la humanidad estaban misteriosamente combinadas y el hombre y Dios se fusionaron.

Aquellos que aseveran que no era posible que Cristo pecara, no pueden creer que él verdaderamente tomó sobre sí la naturaleza humana. ¿Pero acaso Cristo no fue tentado, no sólo en el desierto por Satanás, sino a través de toda su vida, desde la niñez hasta su edad adulta?

Nuestro Salvador tornó la humanidad con todos sus riesgos. Se vistió de la naturaleza humana, con la posibilidad de ceder a la tentación. No tenemos que soportar nada que él no haya soportado.

E. G. W.

martes, 1 de junio de 2010

EL DON DE DIOS A LA RAZA HUMANA

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3: 16.)

El corazón de Dios suspira por sus hijos terrenales con un amor más fuerte que la muerte. Al dar a su Hijo nos ha vertido todo el cielo en un Don.

Es por medio del don de Cristo que recibimos toda bendición. Por medio de este don desciende sobre nosotros día tras día sin interrupción el raudal de la bondad de Jehová. Todas las flores, con sus delicados tintes y fragancia, nos son dadas para nuestro deleite por medio de este único Don. El sol y la luna fueron hechos por él. No hay una sola estrella que embellezca el cielo que él no haya hecho. Cada gota de lluvia que cae, cada rayo de luz derramado sobre nuestro ingrato mundo, testifica del amor de Dios en Cristo. Todo nos es suministrado por medio del único Don inefable, el unigénito Hijo de Dios. Fue clavado en la cruz para que todas estas mercedes corrieran hacia la creación de Dios.

Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper. A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros... Para asegurarnos los beneficios de su inmutable consejo de paz, Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser miembro de la familia humana, y retuviese para siempre su naturaleza humana. Tal es la garantía de que Dios cumplirá su promesa. "Un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro". Dios adoptó la naturaleza humana en la persona de su Hijo, y la llevó al más alto cielo... El cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad envuelta en el seno del Amor Infinito.

Cristo se postró en humildad incomparable, para que al ser exaltado al trono de Dios, también pudiese exaltar a aquellos que creen en él a un asiento con él sobre su trono.

E. G. W.