CON LOS OJOS DE LA FE

Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos. Efe. 1:18.

La más elevada calificación de la mente no reemplazará, no puede reemplazar, el lugar de la verdadera sencillez y de la piedad genuina. La Biblia debe estudiarse como debiera estudiarse una rama de la ciencia humana; pero su hermosura, la evidencia de su poder para salvar el alma que cree, es una lección que nunca podrá aprenderse de esta manera. Si no se manifiestan en la vida las cosas prácticas de la Palabra, entonces la espada del Espíritu no ha herido el corazón natural. Se ha escudado con una fantasía poética. El sentimentalismo lo ha rodeado de tal manera que el corazón no ha sentido suficientemente la agudeza de su filo, horadando y cortando los altares pecaminosos donde se adora el yo...

Los ojos de los entendidos deben ser iluminados, y el corazón y la mente puestos en armonía con Dios, quien es verdad. Quien contempla a Jesús con los ojos de la fe no ve ninguna gloria en sí mismo, porque la gloria del Redentor se refleja en la mente y el corazón. Comprende la expiación lograda por su sangre, y el perdón de los pecados conmueve su corazón con gratitud.

Siendo justificado por Cristo, el que recibe la verdad es constreñido a realizar una entrega completa a Dios, y se lo admite en la escuela de Cristo para poder aprender de Aquel que es manso y humilde de corazón. Conoce ampliamente el amor de Dios y exclama: ¡Oh, qué amor! ¡Qué condescendencia! Posesionándose de la ricas promesas por la fe, se convierte en un participante de la naturaleza divina. Su corazón se vacía del yo, y las aguas de la verdad entran en él; la gloria del Señor muestra su brillo. Contemplando perpetuamente a Jesús, lo humano es asimilado por lo divino. El creyente es transformado a su semejanza... El carácter humano es cambiado en divino.

Cristo contempla a su pueblo en su pureza y perfección como una recompensa de todos sus sufrimientos, su humillación y su amor, y el suplemento de su gloria: Cristo el gran centro, del cual irradia toda gloria.

E. G. W.

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