viernes, 30 de junio de 2017

NO DESCUIDEMOS LAS COSAS PEQUEÑAS

¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan. Mat. 6: 27, 28.

Se me invitó a hablar [a una gran audiencia en Oakland, California] acerca de la necesidad de una obra profunda y cabal esencial para cada alma, para que pudiera ser fortalecida con todo poder, y como debiéramos hacer los más fervientes esfuerzos para ayudar a todos los que se relacionan con nosotros, por precepto y ejemplo, para luchar con el fin de hacer esta obra completa en favor de ellos por medio de Jesucristo nuestro Señor y Salvador.

Es posible que muchos sean engañados con respecto a su condición espiritual. En Cristo tendremos la victoria. En él tenemos un modelo perfecto. Aunque odiaba el pecado con un odio total, podía llorar por el pecador. Tenía naturaleza divina, pero a la vez tenía la humildad de un niño. Su carácter poseía lo que debieran tener los nuestros: Una perseverancia sin desviaciones en la senda del deber, de la cual no podían apartarlo ni los obstáculos ni los peligros, al mismo tiempo que su corazón estaba tan lleno de compasión que los males de la humanidad lo conmovían con la más tierna compasión. No podía pasarlos por alto, porque era el gran Médico que había venido a curar las enfermedades de la raza humana.

Era la Majestad del cielo, que trabajaba con la mira puesta en el futuro, y que al mismo tiempo atendía los asuntos del presente, sin descuidar lo más insignificante, y trazaba los más amplios planes en favor de los habitantes de un mundo caído.

Jesús, el precioso Salvador, hablaba a sus oyentes para referirse a los deberes comunes de la vida, su preocupación por la ropa, la comida y la bebida. Les enseñó que estos asuntos no debían absorber su interés como si debieran continuamente llevar esa carga. Les señaló las aves y les dijo que su Padre celestial se preocupa hasta del gorrioncito. Sostiene los mundos, y al mismo tiempo se interesa por las avecillas. ¡Con cuánta mayor razón se preocupará por los seres formados a su imagen! Les mostró las flores resplandecientes de hermosura, y les pidió que las observaran, y declaró que en su desnuda sencillez superan la gloria de Salomón; y a pesar de ello, de un día al otro desaparecen. ¿No sois vosotros mejores que ellas? (Diario, Manuscrito 21, Del 27 de septiembre de 1889).


E. G. White

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