LA RESURRECCIÓN DE MOISÉS CERTIFICA LA DERROTA DE SATANÁS

"Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda" (Judas 9).

Satanás contendió denodadamente por el cuerpo de Moisés. Nuevamente procuró entablar un conflicto con Cristo en relación a lo que consideraba como una ley injusta de Dios. Con su poder engañador reiteró sus falsas declaraciones indicando que no se lo había tratado con justicia. A pesar del calibre de sus acusaciones, Cristo no trajo en su contra el registro de la insidiosa labor, de tergiversación y de fraude, que había iniciado en el cielo; ni la secuela de falsedades que dijo luego en el Edén y que condujeron a la transgresión de Adán; ni la forma como agitó las pasiones de las huestes de Israel, incitándolas a la murmuración y la rebelión al grado que Moisés perdió su dominio propio... Cristo no respondió a Satanás. No pronunció ninguna acusación en su contra; no obstante, resucitó a Moisés de entre los muertos y lo condujo al cielo.

En este episodio Cristo ejerció por primera vez su poder a fin de quebrantar el poder de Satanás y dar vida a los muertos. Aquí comenzó su obra de vivificar lo que había muerto. De este modo testificó que era la Resurrección y la Vida y que tenía poder para rescatar a quienes Satanás había hecho cautivos, por lo que aunque murieran, volverían a vivir. Una pregunta se había levantado: "Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?" y esa pregunta ahora tenía respuesta.

Este acto fue una gran victoria sobre los poderes de las tinieblas. La manifestación de poder era un testimonio incontrovertible de la supremacía del Hijo de Dios. Satanás no esperaba que un ser que había muerto volviese a vivir. Creía que la frase, "polvo eres y al polvo volverás", le concedía la posesión indiscutible de los cuerpos de quienes habían fallecido. Ahora comprendía que era despojado de su presa, que los seres mortales podían volver a vivir después de la muerte.

Después que Moisés fue resucitado, los pórticos del Paraíso se abrieron y Jesús ingresó con su cautivo. Moisés ya no era más un prisionero de Satanás. Como consecuencia de su pecado Moisés mereció sufrir la pena de la transgresión y fue sujeto a muerte. Pero, cuando resucitó a la vida, él tenía su título bajo otro nombre, ahora lucía el nombre de Jesús en su frente.

El día del exilio está a punto de finalizar. Cercano está el tiempo cuando todos los que duermen en sus sepulcros oirán su voz y saldrán, unos para vida eterna, y otros para su perdición eterna. Cristo resucitará a sus santos, los glorificará con un cuerpo inmortal y abrirá para ellos las puertas de la ciudad de Dios (Manuscrito 69, 1912).

E. G. White

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