LA FIDELIDAD A DIOS DESPIERTA LA FURIA DE LOS IMPÍOS

"Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya" (Gén. 4:4, 5).

El Señor instruyó a Caín y Abel con respecto a los sacrificios que debían traer. Abel, siendo pastor de ovejas, obedeció el mandato del Señor y trajo un cordero como ofrenda. Este cordero, al ser sacrificado, representaba al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Caín ofreció como ofrenda el fruto de la tierra, algo de su propia producción. No estaba dispuesto a depender de Abel para presentar sus ofrendas. No acudiría a él a buscar un cordero. Consideró que su propia obra era perfecta y esto fue lo que ofrendó a Dios...

Caín le habló a Abel de sus sacrificios y acusó a Dios de parcialidad. Abel intercedió ante su hermano y le repitió las mismas palabras que Dios les había expresado a ambos referentes a las ofrendas que requería. Caín se ofendió por las palabras de su hermano menor y creyó que éste pretendía enseñarle qué era lo que debía hacer. Así permitió que la envidia y los celos llenaran su corazón. Llegó a odiar a su hermano porque se prefirió su ofrenda.

A medida que Caín cavilaba en el tema, el enojo aumentaba en su pecho. Él comprendía su equivocación al intentar ofrecer de su propia cosecha ante el Señor, algo que no era el sacrificio del cordero requerido por Dios, pero decidió justificarse a sí mísmo y condenar a Abel. Satanás obró en él y le inspiró el deseo de matar a su hermano...

Por medio de este episodio el Señor nos enseña que su Palabra debe ser obedecida sin reserva alguna. Caín y Abel representan a dos clases de personas: los impíos y los justos, los que andan según sus propios caminos y los que andan en las sendas del Señor y hacen juicio y justicia...

Abel no trató de forzar a Caín a obedecer el mandato de Dios. Todo lo contrario, fue Caín quien, inspirado por Satanás, y lleno de ira, empleó la fuerza. Enfurecido porque no pudo obligar a Abel a desobedecer a Dios y porque Dios había aceptado la ofrenda de él y rechazado la suya, que no reconocía al Salvador, Caín mató a su hermano.

Los dos grupos representados por Caín y Abel existirán hasta el fin de la historia de este mundo. El que obra bien, la persona obediente, no se alza en guerra contra el transgresor de la santa ley de Dios. Sin embargo, los que no respetan la ley de Dios oprimen y persiguen a los que sí la obedecen. Así es como siguen a su líder, que es el acusador de Dios y de todos los que fueron hechos perfectos por la obediencia... El espíritu que lleva a las personas a acusar, condenar, encarcelar y condenar a muerte a otras personas ha crecido en nuestro mundo. Y es este espíritu que siempre se manifiesta en los hijos de desobediencia (Manuscrito 136, 1899).

E. G. White

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