JESÚS NO CAMBIARÁ POR TODA LA ETERNIDAD

"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Heb. 13:8).

El poder de Cristo, el Salvador crucificado, para dar vida eterna, debe ser presentado al pueblo. Debemos demostrarles que el Antiguo Testamento es tan ciertamente el Evangelio en sombras y figuras, como el Nuevo Testamento lo es poderosamente desarrollado. El Nuevo Testamento no presenta una religión nueva; el Antiguo Testamento no presenta una religión que haya de ser superada por el Nuevo. El Nuevo Testamento no es más que el progreso y desarrollo del Antiguo. Abel creía en Cristo, y fue tan ciertamente salvado por su poder, como lo fueron Pedro y Pablo.

Enoc fue representante de Cristo tan seguramente como el amado discípulo Juan. Enoc anduvo con Dios, y ya no fue hallado, porque Dios lo llevó consigo. A él se le confió el mensaje de la segunda venida de Cristo. "De los cuales también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, el Señor es venido con sus santos millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él". El mensaje predicado por Enoc, y su traslado al cielo, fueron un argumento convincente para todos los que vivían en su tiempo; fueron un argumento que Matusalén y Noé pudieron usar con poder para demostrar que los justos serían trasladados.

El Dios que anduvo con Enoc era nuestro Dios y Salvador Jesucristo. Era la luz del mundo como lo es ahora. Los que vivían entonces no estuvieron sin maestros que los instruyesen en la senda de la vida; porque Noé y Enoc eran cristianos. El Evangelio se da en preceptos en Levítico. Se requiere ahora obediencia implícita como entonces. ¡Cuán esencial es que comprendamos la importancia de esta palabra! Sólo dos grupos se manifestarán en este mundo, los que son obedientes y los desobedientes. Esto se evidenciará en todas nuestras labores. Si solamente pudiéramos tener en mente que Cristo, en forma encubierta, está constantemente a nuestro lado. "Yo estoy a tu diestra para ayudarte". Hemos de dar testimonio para convencer al pecador de su pecado. Nadie puede ser obligado contra su voluntad, sino que debe ser convencido. Cristo es el poder milagroso que realiza esta acción (Carta 119, 1895).

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