FIELES AL SEÑOR EN TIEMPOS DE CRISIS

"He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado" (Dan. 3:17,18).

El asombroso sueño de Nabucodonosor ocasionó un marcado cambio en las ideas y opiniones del monarca quien, por cierto tiempo, fue influido por el temor de Dios; pero su corazón no estaba completamente limpio del orgullo, ni despojado de la ambición mundanal y abrigaba un deseo de exaltación personal. Luego que la primera impresión se hubo disipado concentró sus pensamientos en su propia grandeza y reflexionó cómo podía lograr que aquel sueño fuese un instrumento de su exaltación.

Las palabras, "Tú eres aquella cabeza de oro", produjeron una profunda impresión en la mente de Nabucodonosor. Estaba decidido a hacer una imagen que excediera en todo a la original. Esta imagen no habría de disminuir en valor de la cabeza a los pies, a semejanza de la que le fue mostrada y debía estar confeccionada del metal más precioso. Así la imagen habría de representar la grandeza de Babilonia, y él determinó que por su esplendor la profecía concerniente a los reinos que habrían de seguirle fuese borrada de su mente y de las mentes de todos los que habían escuchado la descripción del sueño y su interpretación. A partir de los botines de guerra atesorados, Nabucodonosor "hizo una estatua de oro"... y emitió una proclama, convocando a todos los oficiales del reino a reunirse en la dedicación de esa imagen y ante el sonido de los instrumentos musicales, habrían de postrarse y rendirle adoración...

El día asignado llegó y ante el sonido de la música aquella enorme multitud "se postraron y adoraron la estatua de oro". Sin embargo, los tres jóvenes hebreos, Sadrac, Mesac y Abednego (no se registra que Daniel estuviese presente), no deshonraron al Dios del cielo homenajeando a este ídolo. Esta acción fue informada de inmediato al rey. Indignado, el monarca los convocó delante de su presencia y por medio de amenazas los indujo a unirse a la multitud en la ceremonia de adoración de la imagen. Con firme cortesía los jóvenes le manifestaron al rey su adhesión al Dios del cielo y su fe en su poder para librarlos en la hora de la prueba.

El rey desbordaba de cólera. Ordenó que la temperatura del horno se elevara siete veces por encima del calor habitual. Y sin demora aquellos exiliados hebreos fueron arrojados en él. Tan poderosas eran las llamas del horno que los hombres que arrojaron al fuego a los jóvenes hebreos fueron calcinados por ellas (Manuscrito 110, 1904).

E. G. White

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